Creo y pienso que la cultura en este siglo XXI nos está mostrando cuánto hemos quedado atrás en relación con otros momentos históricos.
No necesariamente en términos tecnológicos.
Sino en términos de visión.
Hubo siglos —con todas sus contradicciones— en los que los responsables políticos de impulsar el arte comprendían algo fundamental: que imaginar era un acto de construcción social. Que la creación no era un lujo, sino una forma de desarrollo.
La imaginación era considerada potencia.
Hoy, muchas veces, es considerada gasto.
En otros tiempos, imaginar significaba proyectar identidad, construir relato colectivo, fundar pensamiento. El arte no era simplemente entretenimiento; era parte del tejido estructural de una nación. Los Estados entendían que fomentar teatro, música, literatura o pintura no era un gesto decorativo, sino una inversión simbólica.
Porque el desarrollo no es solo económico.
Es cultural.
Hoy pareciera que el término “desarrollo” ha quedado reducido a indicadores financieros, crecimiento porcentual, rendimiento productivo. El arte, al no responder directamente a esa lógica, es desplazado. Se lo tolera, pero no se lo prioriza.
Ahí es donde la cultura del siglo XXI nos muestra el retroceso.
Hemos sofisticado las herramientas, pero empobrecido la visión.
Tenemos más tecnología, pero menos profundidad simbólica.
Consumimos más imágenes, pero imaginamos menos.
Para mí, imaginar es crear. Es abrir posibilidad. Es pensar lo que aún no existe. Es tensionar el presente para expandirlo. Pero cuando la política deja de comprender esa dimensión y reduce la imaginación a un recurso instrumental —algo que “sirve” solo si produce ganancia—, la cultura pierde centralidad.
El problema no es que haya menos dinero.
El problema es que hay menos comprensión del valor simbólico.
En el pasado, incluso en contextos de crisis, existía la convicción de que el arte formaba ciudadanos. Que el teatro educaba sensibilidad. Que la literatura construía pensamiento crítico. Que la cultura era herramienta de transformación social.
Hoy la cultura muchas veces queda atrapada entre dos extremos: o se convierte en industria de consumo rápido, o queda relegada a un circuito marginal de supervivencia.
Y sin embargo, el arte sigue haciendo lo mismo que hizo siempre: producir sentido.
La pregunta es si quienes toman decisiones políticas siguen entendiendo que el sentido también es desarrollo.
Porque una sociedad que no imagina, repite.
Y una sociedad que solo repite, se estanca.
La cultura del siglo XXI nos enfrenta a una paradoja: nunca tuvimos tantas posibilidades técnicas para crear, y sin embargo, la estructura económica dominante limita el espacio de creación profunda. La velocidad reemplaza al proceso. La rentabilidad inmediata reemplaza a la construcción a largo plazo.
El teatro, en este contexto, se vuelve un indicador sensible. Cuando el teatro pierde apoyo estructural, no solo se debilita una disciplina artística: se debilita la idea de que el pensamiento colectivo necesita espacio.
Imaginar no es evasión.
Es anticipación.
Es construcción simbólica del futuro.
Si la política no entiende que la creación es desarrollo, el desarrollo queda incompleto.
Tal vez el verdadero atraso no esté en la falta de recursos, sino en la pérdida de esta convicción: que sin imaginación no hay proyecto de sociedad.